domingo, 13 de octubre de 2013

Carícies que se diu en català

Se trata de una sensación parecida a no poder acariciarle los muslos. Pongamos que hablamos de un paisaje norteño: mucho verdor, tiempo pacíficamente lluvioso y un ligero amago de frío. Entonces, las siete de la tarde. Una charla de sobremesa que se está alargando. Una conversación con el padre: la actualidad política, las guerras del momento, la corrupción del lugar. Un gin-tonic en la mano y el puro guardado para otra ocasión. Llegados a este punto, mi mano desciende más debajo de su cadera, que está cubierta por una falda y por la falta de bragas. Sin embargo, mi mano desciende hasta su muslo izquierdo y lo acaricio suavemente; con ternura, pero a la vez con un tipo de cariño viejo y constante que ha tenido tiempo de amoldarse y conocer cada uno de los poros de esa piel. Mi mano, en tanto que mis ojos se encuentran con los de su padre, sigue bajando, en la medida de lo posible, hasta su rodilla. La agarro, jugueteo con ella, le hago cosquillas, y sí, es obvio que sonríe. Interviene en la conversación y me mira con fingida reprobación. “Para”, me dice su expresión. “¡Como pares te mato!”, me advierten sus ojos. Ella decide subir los pies a la silla y apoya las plantas contra la parte más acolchada. Hay mujeres con los pies poco agraciados o directamente feos, pero ella no es una de aquellas. Así que con mi mano rodeo el izquierdo y dejo que la punta de mi dedo índice toque, tiernamente, cada una las pecas que le cubren el empeine. Ella ronronea, felina, y entrecierra o entreabre los ojos, deliciosa. Luego tira de la falda hacia abajo, repentinamente consciente de la presencia de su padre y de la falta de ropa interior. Algún tiempo después, no demasiado, un autobús. Un trayecto hasta el aeropuerto. Unos adioses sazonados con un vuelve cuando quieras. Algo más de tiempo después, es como no poder acariciarle los muslos. Así que se lo escribo y deseo que lo sienta como una caricia: de los muslos hasta los pies y sin dejarse un mísero rinconcito.

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