viernes, 4 de octubre de 2013

Enésima contienda.

Por las calles empinadas la lluvia se resbalaba con extrema facilidad. Jóvenes discurrían con la misma gracia, en el sentido que fuera, tanto daba ascendente como ascendente, puesto que la gravedad no parecía prestar especial atención. Las calles estaban vestidas de gala y la noche, festiva, acompañaba los acontecimientos. La lluvia no era nada más que un pequeño contratiempo y los jóvenes, aunque también la gente de mediana edad, los viejos y por supuestísimo los niños la obviaban con resignación y seguían andando o corriendo por las calles con cuidado a no resbalarse por el agua. Guirnaldas, cintas de colores, farolas resplandeciendo con más colorido del habitual. Aceras estoicamente limpias, plazas concurridas y un eco de música y risas dondequiera que te encontraras. Fiestas, resumiendo. Los jóvenes, bien peinados y con camisa. Las muchachas, con tacones, las valientes, preciosas, la mayoría. Carmín por doquier, peinados sólo ligeramente estropeados por la lluvia. Miradas hacia el cielo y gafas que quedan instantáneamente moteadas por el flujo constante. A la gente no parece importarle que llueva, y a lluvia no se queja de los mojados; así que se sucede el tácito pacto y comienzan las celebraciones. Ella se encuentra en unas calle con nombre, quién sabe si ascendente o descendente –la calle, no el nombre-. Pelo castaño rizado bucleándose hasta el infinito. Vestido negro, escotado, aunque parcialmente tapado por la chaquetita propia de aquella mujer que sabe que un resfriado no vale la pena. Zapatos de tacón, medio, quizá 12 centímetros, no es exagerado. Un bolso grande donde guarda las zapatillas cómodas que le permiten sentirse segura con los tacones. Sonrisa algo etérea, algo impregnada del alcohol que, nada infrecuente, también resbala con extrema facilidad entre la población. Se encuentra rodeada de amigas y también de amigos, o por lo menos de amigas y de hombres que opinan que el escote sí valdría la pena el resfriado e incluso no les sabría mal que se tratara de una festividad nudista. Ella es coqueta y grácil y tiene a todo el mundo resbalando por su escote y por sus bucles. Sin lugar a dudas, no es el centro de atención. Es una historia más entre los miles que se producen a la misma vez. Un trocito de carbono diferenciado aunque igual que el resto, siendo la única diferencia la hermandad que crea la visión de ese escote en particular y no el de otra. El ambiente se caldea, la música aumenta el volumen y las chaquetas quedan marginadas a un segundo nivel. El vestido sigue negro y lo ha mantenido muy bien alejado de la lluvia, por lo que el escote sigue espectacular. Ella baila y atrae la atención de los trozos de carbono, que, inocentes, la consideran única e irremplazable e increíblemente atractiva y deliciosa. Y no les falta razón. A diez metros, otra Ella, quizá esta vez pelirroja, con un escote más o menos pronunciado, con más o menos gracia o habilidad, actúa a modo de sistema solar, haciendo girar, al igual que la Ella original, varios planetas a su alrededor. Y así, creyéndose –y sólo creyéndose- y siendo –y sólo siendo- únicos, cada sistema solar se va sistematizando con el Big Band –o Big Bang- de la música y el alcohol y las altas dosis de humanidad. Así que volvemos a ella, girando ahora, abriendo las comisuras en este momento, haciendo un gesto ya mismo de la mano; y ahí está Mercurio secándose la baba, ahí Plutón viendo la escena desde lejos y lamentándose por haber dejado ya de ser un planeta. Júpiter destaca en todo su tamaño y pretende imponerse por la fuerza, pero el Sol se fija en el cuarto planeta, menos bronceado Venus, no tan agraciado como Urano, falto de la gracia de los anillos de Saturno. Pero aún así, se crea un vínculo especial entre la Tierra y el Sol. Sus bucles son su divinidad y sus labios desprenden rayos de luz propia. El carbono se pone a girar alrededor del escote. Nimio, poquita cosa, mejillas coloradas por el ron y la vergüenza. A pesar de todo, ella sin su forma estelar se trata de otro trozo de carbono hecha a hacer girar a los demás a su alrededor. Así que coquetea y ríe y baila y se rodea de sus amigas y sus conocidos y sus satélites y se acerca a su planeta y lo besa y quizá le permite ver el escote desde dentro o quizá tiene sueño y se marcha a casa satisfecha y a dormir bien. Porque, al fin y al cabo, ella es ella: un Sol, una divinidad, un pequeño trozo de carbono, una melena en bucles, una risa alcoholizada, una sombra proyectada por una farola ligeramente más adornada que las anteriores; en la calle mayor, ligeramente empinada y mojada por la lluvia de un clima, como no, lluvioso. Aunque también es un buen relato, una canción estupenda, unas ganas de aprender a tocar la guitarra, o el bajo, o el acordeón, o simplemente un escote, una noche de ron y vodka y un adiós desde la puerta del tren que te lleva a conocer a nuevos soles. Dioses. Escotes. Carbono. Puntos de vista, que se mezclan con los taxis que ya empiezan a llegar para recoger a las celebridades.

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