miércoles, 23 de octubre de 2013

La señorita melodía me saluda cada día

Es algo así como una canción que te das cuenta que no es tuya sino que la estás compartiendo. Al principio no hay problema, compartir las cosas suele dotarlas de un valor inesperado pero de golpe descubres que ella es la melodía y a ti sólo te dejan los bajos. Tan bella, tan independiente: apenas ha comenzado a andar y ya hay gente siguiéndola sin importarle que los guíe hasta los infiernos. Tan íntegra, sólida y explosiva: lidera la carga de la composición y pocos son los que recuerdan o simplemente prestan atención a tu rítmica caballería: acordes desde abajo que acompañan y dotan de sentido a todo aquello que la señorita Melodía es capaz de armonizar. Entonces atrévete a protestar y toda la respuesta que te vas a encontrar es el contacto de un beso de cristal contra el ardor de tu mejilla: -¿ves lo que yo te decía?- Te va a replicar y el resultado final será el equivalente, en el boxeo, a un KO en la first round. Se alejará mínimamente con sus labios rezumantes de carmín y tú, estoico perdedor, no sólo sabrás que has perdido sino que no podrás imaginarte que el mundo pudiera ser distinto. Porque las melodías guían y los bajos acompañan y tú, noble bajo, no serás el primero en iniciar la revolución. Entonces llega la ausencia. No compartes la canción porque te falta la Melodía y tus acordes solos no sirven para nada. Sin embargo, la gente sigue tarareándola a ella por las calles y por los tiempos. Incluso tú, cuando nadie te mira, cuando coges el metro o cuando abres con las llaves la puerta de casa silbas entre dientes la melodía y no te hace falta añadirle los bajos que tú mismo compusiste para que suene llena y satisfecha. Silbas o cantas o lloras la ausencia ya que no vas a pararte a cantar, a silbar o a llorar cuando no has perdido todavía nada. Ella es, fue y será la melodía. La recordada. La amada. La escuchada. Y tú, de igual importancia, más te vale aceptar que vas a tener que compartir todas las canciones en las que puedas ser importante, ya que el mérito siempre será para los rizos, para las sonrisas, para las formas curiosas de hablar o para unos ojos azules. Los bajos, igual que las letras, siempre quedarán en un segundo nivel. Sin reconocimiento más allá de los expertos: sin las oportunidades de unos ojos generosos en rímel.

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